Amor y Odio, Centro Histórico del DF

Hace mucho que no iba al Centro de la Ciudad de México. Lo evito (Muñoz Chachito) lo más que puedo. Es una necedad ir en carro. De una vez, trataré de ahorrarte tiempo y enojos y mentadas de madre a oficiales de tránsito que ahora te pueden costar una lana: si vas a ir al Centro Histórico en horas de oficina no tiene caso que lleves tu carro. El metro funciona bien y caminar entre todos esos olores, sudores y alientos pues es “exótico” como seguramente dice el folletito en la agencia de viajes alemana. No para mi.
Aparte, ir a esa zona en estas tardes de lluvia es de lo más ingenuo si crees que no te vas a tardar.
Desafortunadamente, por regalar mis baquetas (los palitos con los que le pegas a la batería) se me acabaron y tuve que ir a la esquina de Mesones y Bolívar a surtirme de unos buenos pares. Pero estaba lloviendo. No no no: Bolivar parece zona de desastre, hay tanto tráfico que se calientan los carros y obstruyen todavía más la circulación. Las filas de autos en los cruces son laaaaaargas y alcanzan a pasar dos...de cientos. Cuando llegas a la callecita que crees que te va a sacar del pedo...ja! está cerrada porque hay hoyos con tubos y lodo como en manifestación de la APPO después de que pasó la policía.
Después de comprar baquetas (baratonas porque si las compras en otros lados parece que te están vendiendo marfil) tenía que ir a Motolinia a hacer un soundcheck previo al toquín. Caminando habría hecho, yo creo (porque camino muy lento) unos 20 minutos. En carro hice como 30º más. Pero estuvo bien porque en el cruce de Madero y Bolívar había una oficial de tránsito bien BIEN guapa. Si. Los que íbamos en el carro tuvimos que parpadear varias veces. La oficial era una extraña mezcla entre Iman y M.I.A., flaquiiiita flaquiiiita....y guapa. Además, con esa sonrisa de que sabe que está chida y que por eso la estamos viendo. Y es que, sin ofender, la mayoría de nuestras heroicas oficiales, la neta, parece que van con el mismo estilista que Charlie Montana.
Llego a Motolinia y entre que se atrasa una u otra cosa hay “breaks” que uno aprovecha para ir a comer o salir del antro nomás a ver que hay. Los aromas son fuertes: a un lado hay una cantina atiborrada que la neta huele a borracho. A mi me gusta cuando una chica tiene aliento tequilero. Es más, lo encuentro francamente excitante. Pero la neta no me gusta oler borrachos. Que el cigarrito, que su loción, que la botana y que las cubas....nah!. Perdón, muchos cronistas le encuentran un encanto muy “posmo” a esas mamadas. Yo no.
Ahora, no es que no me guste el ambiente de cantina: me late. He pasado muy buenos momentos en algunas. Lo que no me gusta es el ambiente del borracho: el hablar fuerte de un negocio infalible (como los que siempre ha tenido y por eso nunca ha salido de jodido, no?) cigarrito en mano, chamarra de piel ruidosa o la plática de “me voy a coger a Juanita la de el almacén, se nota que le late la ñonga. Ya la estoy trabajando, papá. Vas a ver que el lunes ya le troné su cacahuatito. ¿Cuanto apuestas?”.
OOOOOOOOTSSS.
Así que no me meto ahí. Enfrente hay un buffet “de chinos”. Hay poca gente, se ve bien. Más hacia 16 de Septiembre está “La Fonda del Pavo”. Huele bien pinche rico pero el cochambre en el techo y en general en todas sus paredes impide que me meta. Hay muchos policías jóvenes. Pasan dos chinitas coquetas fumando. Miré su cintura a ver si traían armas. No se notaba. Pasa un guey pedo hasta su madre con indicios de haberse caído algunas cuadras antes. Un poli lo sigue algunos metros con la mirada pero no pasa nada. Una señora gigante y obesa pasa cargando una bolsota de cosas de plástico. Me empuja a mí y a un señor que me está platicando de Maria Sabina y chamanes de Nueva Zelanda. La ciudad nos hace poner cara de “muy pinches malos” cuando alguien nos empuja. Pero cuando veo que es una señora pues más bien me clavo en mirar como camina a grandes zancadas y como empuja a todos sin querer. O le valemos madre todos o simplemente no cabe en la banqueta. Nadie protesta.
Caminando más allá me doy cuenta que donde había negocios familiares de hilos, ropa o utensilios de cocina ya hay “cafecitos” en la onda Starbucks pero región 4. Eso tampoco me late. Los establecimientos familiares “del centro” tenían (hoy cada vez menos) una mística muy peculiar: desde los calendarios y su art-nacó hasta los radios mal sintonizados a todo volumen. Poco a poco eso ha ido desapareciendo. Pero muy poco a poco, eh?. Todavía hay de esas tiendas de “todo para el plomero” donde se exhiben piezas de plástico que te dejan pensando como media hora donde chingados puede estar esa pieza en tu baño. Con respecto a los vendedores ambulantes, está de moda traer el cabello la mitad de abajo normal y la mitad superior de “güero”. Me topé con muchos morenotes y morenotas con el cabello oxigenado-quemado. Los gringos son inconfundibles por su huaraches, sus backpacks y sus bermudas. Creo que ya la gente no les tira mal pedo como antes. Me ha tocado ver como les avientan limones y como les gritan “esa güera, si te mueres quien te encuera?” y así. A mi me pasaba lo mismo en Thailandia y en un lugar de la India...pero eso es otra historia.
En resumen, odio ir al centro, pero cuando voy no dejo de entretenerme, de darle un regalito a todos los sentidos: al gusto con todo lo que ofrecen sus fondas. A la vista con las damas de la caricia y las chinitas y la poli-M.I.A., al olfato con las fritangas, las cantinas, las lociones, el lodo y el agua estancada; al oído con los puestos de cd’s piratas, las conversaciones de los borrachos y las señoras bravuconas o los “mash-ups” de rancheras con reggaeton, salsa y silbatos de tránsito. Y al tacto con la gente que te empuja o estrenando un par de baquetas nuevas y estrechando las manos de un chingo de personas que, al principio tímidas, pero siempre con una sonrisa, se acercan y dicen: “Que onda, pinche WARpig”.

HOSTS

Warpig