Pro Pain

Hay muchos puntos de vista con respecto al dolor por placer o al placer mediante el dolor. Algunos se tatúan, otros se suspenden con ganchos, otros escuchan temas de Arjona y algunos otros se rascan sus costras. Cuestión de gustos y aficiones. Desde hace dos semanas aproximadamente me duele mi pantorrilla. El dolor fue intenso al principio pero después, cuando bajó la inflamación, se quedó un dolor entre fuerte y rico que disfruto mucho. La sesión de “sobar” con ungüentos es de lo más erótico. Si mis vecinos me escuchan es probable que crean que estoy manteniendo relaciones sexuales pero no… solo se trata de una linda chica que me está sobando la pantorrilla. A decir verdad, si es como una relación sexual “light” o leve. Sí se me para, pues. Duele, si; pero es un dolor soportable. Intenso pero a salvo. A veces me desespero porque ya quiero caminar bien, pero otras desearía que el dolorcito se quedara. Me gusta.
Lo mismo me sucede con las inyecciones. Ahora, ojo, me refiero al dolor que se acepta deliberadamente y con el consentimiento de ambas partes. No estoy hablando de dolor como el que aplican las corporaciones policíacas sin que uno les dé autorización (o los secuestradores que bueno, son casi casi lo mismo). Antes era un desmadre que me dejara poner inyecciones y la señora de la cuadra (esa que nunca falta y que siempre hace el paro) se iba de mi casa con los oídos a punto de explotar de tantas groserías que le decía y de tanto chillido. Pero claro, esa señora era fea, chimuela y vieja. Un día me di cuenta que el dolorcito de la inyección era rico (tanto durante el acto mismo, como el dolorcito posterior). ¡¡¡Pero claro!!! Es que después, la chica que me inyectaba era más joven y más atractiva. Entonces, me di cuenta que en lugar de llorar… comenzaba a reírme y cuando entraba la aguja y comenzaba el dolor más intenso… ya eran carcajadas de loco (así decía mi mamá).
Y luego, como en toda relación sexual, llega el rélax. Hace poco tuve que ir al hospital y me inyectaron. ¡¡¡Chingá!!! Pero no era una enfermera británica, ni una vedette setentera, ni una linda chica practicante. Era un guey. Muy amable, eso sí, pero un guey al fin y al cabo. No lo disfruté. Fue incómodo. Nada chido. Digo, no todos somos vaqueros de “Brokeback Mountain”. En cambio, hace unos días fui a un laboratorio a que me sacaran sangre y wow… la enfermera fue delicada y sexy. Disfruto mucho acariciar mis cicatrices de mordidas de perro o mis arañazos de gato. O el dolor casi calambre posterior a algunas tocadas. Pero por ejemplo, el dolor de una infección de oídos solo se lo deseo a dos-tres gueyes que me cagan. Entre ustedes, sé que habrán algun@s que practiquen cosas más hardcore. Yo me quedo con el dolor de la pantorrilla y las inyecciones. ¿Ustedes?

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